sábado, 12 de julio de 2008

Caminando sobre hielo fragil


Fue hace poco. Viaje dos meses a Alemania el verano pasado. Ocurrieron muchas cosas. Está es una de ellas.

Me encontraba yo visitando una amiga del alma que no veía hace más de cinco años. Nos conocimos cuando me fui de intercambio en tercero medio. Ella fue mi hermana alemana adoptiva durante tres meses y entre nosotras nació una amistad indestructible. Pero eso es otra historia.

Había ido a visitarla a su pueblo en Alemania por una semana. Viajamos junto a su padre a un lago congelado. El lugar era hermoso, bello e imponente. Había salido el sol y no hacía frio. Varias familias paseaban en las orillas del lago.

Con Ariana, mi amiga, decidimos adentrarnos en el lago. Cada cierto tiempo veíamos un pequeño claro en la nieve y podíamos ver las grietas del agua congelada hundirse en lo profundo. Conversamos de todo, de quienes éramos ahora, cuanto habían cambiado nuestras vidas en cinco años y como sentíamos que nunca nos habíamos separado. Parecía casi un sueño. Un sol leve nos llegaba a la cara, el paisaje nos hipnotizaba y pronto nos encontrábamos solas en medio del lago. Lejos de cualquier orilla. Entonces ocurrió. Un paso y un crujido. Un crujido que recorrió metros hacia abajo en el agua. Yo la miro a ella esperando que me digiera que era normal, pero su rostro estaba blanco. Estábamos en problemas. Ella movió levemente el pie y el crujido se escucho otra vez, aún más fuerte. Ante una situación así uno sólo quiere correr o gritar por ayuda, pero hay algo mágico en estar sobre hielo frágil; nadie te puede ayudar. Es casi una lección de vida. Si alguien intenta ayudarte ocasionará más peso y será más probable que el hielo se rompa. Si corres ejerces más presión. Si te quedas y no te mueves, mueres de hipotermia. Sólo hay una solución; caminar con tranquilidad hasta la orilla, paso a paso y confiar en que el hielo no se romperá.

Y eso fue lo que hicimos. Comenzamos a caminar. Separadas unos metros una de la otra para no hacer más peso en un mismo punto. Calladas, caminando, tranquilas. Si alguien nos hubiera vistos, hubiese pensado que meditábamos. El hielo sonaba cada cierto pasos. Crujidos agudos y otros muy, muy grabes.

Casi llegábamos a la orilla, pero no puedes desconcentrarte. Sólo estarás a salvo cuando pises tierra.

Jamás me había sentido tan feliz de pisar tierra firme. Recuerdo abrazarla, avisar al resto que el hielo se estaba derritiendo y de regreso a su casa mirar por la ventana el lago que dejaba atrás. Un monstruo hermoso, bello, pacifico y seductor que no quiso esta vez, atraparme en sus fauces.

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